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La guerra en Gaza ha dejado una crisis humanitaria que también golpea gravemente la salud mental infantil. Médicos, psicoterapeutas y organizaciones humanitarias advierten que un número creciente de niños ha perdido la capacidad de hablar como consecuencia del trauma extremo provocado por los bombardeos, desplazamientos forzados y la muerte de familiares. La situación fue documentada por la psicoterapeuta noruega Katrin Glatz Brubakk, integrante de Médicos Sin Fronteras (MSF), tras dos misiones realizadas en Gaza entre 2024 y 2025.
El conflicto en Gaza se ha convertido en uno de los escenarios humanitarios más críticos del mundo. Desde octubre de 2023, tras los ataques de militantes palestinos contra territorio israelí —en los que murieron unas 1.200 personas y más de 200 fueron tomadas como rehenes, según autoridades israelíes—, la ofensiva militar israelí ha provocado decenas de miles de víctimas en la Franja.
De acuerdo con UNICEF, más de 20.000 niños han muerto y más de 41.000 han resultado heridos en Gaza desde el inicio del conflicto. El Ministerio de Salud gazatí eleva la cifra total de fallecidos a más de 72.000 personas, la mayoría civiles.
Aunque Israel sostiene que sus operaciones buscan neutralizar a Hamás y proteger a sus tropas, organismos internacionales continúan alertando sobre el elevado costo humanitario del conflicto y el impacto directo sobre la población infantil.
En abril de 2026, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, señaló que los ataques israelíes continuaban “de forma rutinaria” pese al alto el fuego anunciado meses antes.
Uno de los fenómenos que más preocupa a los especialistas es el llamado “sufrimiento silencioso”: menores que dejan de comunicarse como respuesta neurológica al estrés extremo y prolongado.
Katrin Glatz Brubakk explicó que muchos niños viven en un estado constante de miedo, incertidumbre y pérdida total de seguridad.
“Para esos niños es una forma de no interactuar con este mundo que no deja de hacerlos sufrir y de infligirles dolor”, señaló la especialista a BBC Mundo.
La psicoterapeuta indicó que algunos menores presentan episodios de mutismo total, retraimiento severo y abandono de actividades básicas como jugar, comer o interactuar socialmente.
Entre los casos documentados se encuentra el de Adam, un niño de cinco años que dejó de hablar tras presenciar la muerte de su padre durante un ataque y sufrir graves heridas que incluyeron la amputación de una pierna.
Según Brubakk, el trauma extremo altera incluso el desarrollo cerebral infantil. Explicó que la amígdala —zona relacionada con emociones intensas— puede aumentar de tamaño en niños traumatizados, mientras que la corteza prefrontal, vinculada al aprendizaje, regulación emocional e interacción social, puede quedar subdesarrollada.
La situación humanitaria en Gaza también ha incrementado los casos de niños con graves quemaduras, amputaciones y lesiones internas producto de explosiones.
Brubakk relató que el grupo de edad más afectado por quemaduras severas era el de menores entre cuatro y seis años, debido a que muchos no podían escapar con rapidez durante los ataques.
Uno de los casos descritos fue el de Mona, una niña de seis años que sufrió quemaduras extensas luego de que una explosión incendiara la vivienda donde se refugiaba junto a sus hermanas. Dos de sus hermanos murieron durante el ataque.
Especialistas de MSF explican que el trauma infantil en Gaza no solo responde a un hecho aislado, sino a la acumulación continua de violencia, desplazamientos, hambre, destrucción de escuelas y pérdida de familiares.
“No hay ningún niño en Gaza que no esté traumatizado”, sostuvo Brubakk.
Organizaciones internacionales continúan trabajando en Gaza bajo condiciones extremadamente complejas. Sin embargo, la restricción de acceso para personal humanitario internacional y la destrucción del sistema sanitario dificultan la atención psicológica y médica.
La especialista noruega explicó que, ante la imposibilidad de ofrecer entornos completamente seguros, los equipos humanitarios intentan crear pequeños espacios de contención emocional mediante terapias de juego, apoyo familiar y actividades destinadas a reducir el estrés infantil.
Entre las herramientas utilizadas figuran ejercicios de respiración y dinámicas simples como soplar pompas de jabón, actividad que ayuda a disminuir la activación del sistema nervioso y facilita la comunicación de menores retraídos.
Brubakk señaló que el juego permite a muchos niños expresar experiencias traumáticas que no pueden verbalizar directamente.
Expertos en salud mental advierten que las secuelas cognitivas y emocionales derivadas de la guerra podrían acompañar a miles de niños durante toda su vida.
La pérdida prolongada de seguridad, educación y estabilidad familiar incrementa el riesgo de trastornos psicológicos crónicos, dificultades de aprendizaje y problemas de integración social.
Además, organismos humanitarios alertan que la destrucción de infraestructura médica y educativa complica cualquier proceso de recuperación integral para la infancia gazatí.
La ONU y organizaciones internacionales han insistido reiteradamente en la necesidad de garantizar protección efectiva para los civiles y acceso humanitario permanente dentro de la Franja de Gaza.
Mientras continúan las tensiones entre Israel y Hamás, organismos de derechos humanos y agencias humanitarias mantienen llamados a consolidar un alto el fuego duradero y ampliar la asistencia médica y psicológica para la población civil.
Brubakk afirmó que la recuperación real de los niños solo será posible si se restablecen condiciones mínimas de seguridad, acceso a educación y estabilidad cotidiana.
La especialista también advirtió que prolongar el conflicto puede derivar en consecuencias irreversibles para toda una generación de menores expuestos a violencia constante.
El caso de los niños que han perdido la capacidad de hablar en Gaza refleja una de las dimensiones menos visibles del conflicto: el profundo daño psicológico que deja la guerra sobre la infancia. Mientras continúan los enfrentamientos y persisten las dificultades humanitarias, especialistas y organizaciones internacionales alertan sobre el impacto duradero que la violencia puede tener en el desarrollo físico y emocional de miles de menores gazatíes.