Maduro cae y el tablero global se sacude: EE.UU. fuerza a Rusia y China a mover ficha

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La operación de Washington en Venezuela deja a Moscú y Pekín ante una incómoda pregunta sobre el costo real de enfrentar a Estados Unidos.

La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el pasado 3 de enero, y su posterior traslado a Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico y armas, ha generado un impacto que trasciende América Latina y obliga a Rusia y China a recalibrar sus posiciones estratégicas frente a Washington.

Antecedentes y contexto

Durante más de una década, Nicolás Maduro fue uno de los principales aliados extrahemisféricos de Moscú y Pekín en América Latina. Su detención marca un punto de inflexión en una relación sostenida sobre cooperación energética, respaldo político y oposición común a la influencia estadounidense.

Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, justificó la operación como una acción contra el crimen transnacional y anunció que “dirigirá” Venezuela hasta garantizar una transición política. La medida se inscribe en una política exterior que ha reivindicado abiertamente la Doctrina Monroe y ha generado preocupación por su impacto en las normas internacionales.

Reacciones y posturas internacionales

Tanto Rusia como China condenaron públicamente la operación. El canciller chino Wang Yi calificó el uso de la fuerza como una violación del derecho internacional y afirmó que “ningún país puede actuar como policía global”. Desde Moscú, los diplomáticos exigieron la liberación de Maduro, aunque el presidente Vladímir Putin evitó pronunciarse de forma directa.

Aliados europeos de Washington, como Alemania, Francia y Reino Unido, evitaron una condena frontal, aunque reiteraron su respaldo al principio de soberanía estatal, especialmente tras las declaraciones estadounidenses sobre Groenlandia.

El cálculo de China: soberanía y narrativa

Analistas consultados por la BBC coinciden en que Pekín no establecerá un paralelismo directo entre Venezuela y Taiwán. Para China, la isla es un asunto interno, mientras que Venezuela es un Estado soberano. No obstante, la captura de Maduro ofrece a Pekín una oportunidad para reforzar su discurso internacional, presentando a Estados Unidos como un actor que debilita el orden jurídico global.

La relación entre China y Venezuela, construida durante más de dos décadas a través de préstamos respaldados por petróleo y cooperación política, sufre ahora un revés simbólico. La detención de un aliado estratégico cuestiona el alcance real de la protección china frente a acciones directas de Washington.

Rusia ante un aliado debilitado

Para el Kremlin, el caso venezolano plantea dilemas adicionales. Rusia invirtió más de US$11.000 millones en armamento y alrededor de US$17.000 millones en créditos a Caracas desde 2006, consolidando a Venezuela como uno de sus aliados más fieles fuera de su entorno regional.

La rapidez de la operación estadounidense contrasta con el prolongado conflicto ruso en Ucrania y refuerza, según analistas, los temores de Moscú sobre posibles estrategias de cambio de régimen impulsadas por Washington. Sin embargo, el contexto de negociaciones sensibles sobre Ucrania limita la disposición rusa a una confrontación directa con Estados Unidos por el caso Maduro.

Implicancias geopolíticas

La detención del presidente venezolano se suma a una serie de retrocesos recientes para aliados de Rusia, como la caída del régimen sirio en 2024 y los ataques estadounidenses contra instalaciones nucleares iraníes. En conjunto, estos episodios alimentan el debate sobre el valor estratégico de la alianza con Moscú y Pekín frente a la capacidad de acción directa de Estados Unidos.

Al mismo tiempo, la operación podría ser utilizada por China y Rusia para fortalecer su narrativa de defensa de la soberanía, aun cuando ambos países enfrentan cuestionamientos por sus propias acciones en Ucrania, Taiwán y el Mar de China Meridional.

Panorama

La captura de Nicolás Maduro no solo redefine el futuro político de Venezuela, sino que introduce un nuevo factor de incertidumbre en el tablero global. Para Rusia y China, el episodio obliga a revisar estrategias, discursos y límites de su influencia, en un escenario internacional donde las reglas, los precedentes y el equilibrio de poder vuelven a estar en discusión.

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