Acción política II

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La opinión pública no es una verdad terminada: es simplemente un criterio, un parecer, aunque se los sostengan firme y apasionadamente. No hay una sola opinión pública: hay varias opiniones discrepantes e incluso contrarias. Cada clase social, cada partido político, cada grupo tiene la suya. Hay un pluralismo de opiniones. Ellas dependen mucho de la clase social que las sustenta, que determina una forma peculiar de pensar y de valorar los hechos. Quiero decir que un mismo acontecimiento puede ser visto e interpretado desde los diversos ángulos de las clases sociales, esto es, con sensibilidades distintas, valores éticos y estéticos diferentes, intereses diversos, niveles culturales y de información dispares y disímiles concepciones ideológicas.

A veces es perceptible una forma de pensar mayoritaria en la sociedad sobre un tema, otras veces hay un mosaico de opiniones que solamente podrían ser medidas por medio de una encuesta de opinión o expresarse a través de alguna de las modalidades del sufragio —elecciones, referéndum, plebiscito, revocatoria—.

Uno de los mitos sustentados por el “democratismo” romántico y candoroso es el de la supuesta infalibilidad de la opinión pública. Añejo mito que parte del vox populi vox dei. En realidad toda opinión, sea pública, sea individual, es eminentemente falible. La falibilidad, como hemos visto, es de la esencia de la opinión. Las multitudes, como los individuos, pueden equivocarse en sus criterios. Pueden tener percepciones falsas o engañosas. Una cosa es que deba respetarse la opinión mayoritaria —y también la minoritaria— bajo los cánones democráticos y otra es suponer que ella sea siempre verdadera. Aceptar la autoridad política de la opinión pública no es creer en su sabiduría ilimitada. El “hombre de la calle”, que es su protagonista, también se equivoca. Las elites generalmente yerran por egoísmo, la multitud por falta de información. En todo caso, los errores de la opinión pública revierten contra el pueblo mismo.

El filósofo liberal austriaco Karl Popper, en su libro “En busca de un mundo mejor” (1984), cuestiona con dureza lo que él denomina la “mitología” de la opinión pública. Escribe que, “gracias a su anonimato, la opinión pública es una forma irresponsable de poder y, por ello, particularmente peligrosa desde el punto de vista liberal”. Y agrega: “Somos demócratas no porque la mayoría siempre tenga razón, sino porque las tradiciones democráticas son las menos malas que conocemos”.

Los líderes políticos, algunos de los cuales han desarrollado un certero “instinto” perceptivo de lo que piensa la comunidad, nunca renuncian a modificar los estados de opinión de los pueblos. Para ello acuden a los discursos, la persuasión, la movilización de masas y la propaganda a fin de difundir sus ideas y modificar los estados de conciencia de la gente.

Pero, como lo ha hecho notar el catedrático norteamericano Lawrence Lowell, la opinión pública ha de ser pública y opinión, es decir, ha de estar sustentada por un amplio sector popular y ha de consistir en una elaboración mental debidamente razonada acerca de algún asunto de interés público. La opinión de pequeños grupos o sectores sociales no es opinión pública, sino opinión particular de ellos, como tampoco es opinión pública una simple consigna o una idea vaga y difusa sobre alguna cuestión política. Tema importante discutible para tomar en cuenta. Hasta mañana mis amigos de Primera.

 

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