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El tiempo y la experiencia parecen haber hecho su trabajo en el desenvolvimiento político de la candidata de Fuerza Popular, Keiko Fujimori Higuchi. Ello quedó evidenciado anoche durante el debate presidencial. La lideresa fujimorista se mantuvo, durante la mayor parte de la jornada, dentro del terreno técnico de sus propuestas. Esa fue, sin duda, una directriz trazada por su equipo de asesores, que ella siguió con disciplina hasta el final.
Precisamente, ese apego al libreto le permitió reafirmar ante la opinión pública los principales puntos de su plan de gobierno, varios de los cuales ya habían sido expuestos por su equipo técnico en el debate realizado una semana atrás.
Las propuestas presentadas por Fujimori fueron firmes, claras y contundentes. No es casualidad. Se trata de su cuarta campaña presidencial y ello se refleja en el dominio de los temas y en la seguridad con la que los expone. Al parecer, Keiko hizo la tarea. Recorrer varias veces el mismo camino tiene ventajas evidentes.
Quizá el único aspecto cuestionable de su desempeño fue cierta rigidez en la respuesta política. En algunos momentos faltó espontaneidad. Sin embargo, soportó con moderación las constantes provocaciones del candidato de Juntos por el Perú, Roberto Sánchez Palomino, hasta que este decidió involucrar a su familia.
Fue entonces cuando apareció el momento más intenso del debate. Keiko reaccionó con rapidez, conteniendo su indignación, y calificó a su adversario de «poco hombre». La frase fue acompañada de una mirada que terminó por marcar uno de los episodios más comentados de la noche. Sánchez no encontró una respuesta eficaz y su lenguaje corporal reflejó desconcierto. No vio venir el golpe político y quedó descolocado.
Las provocaciones de Sánchez fueron reiterativas durante buena parte del encuentro. La candidata de Fuerza Popular respondió con cifras, datos y precisiones que buscaron desmontar cada una de las acusaciones formuladas en su contra.
Por su parte, Sánchez recurrió con frecuencia a ofertas económicas de gran alcance, como créditos, subsidios y bonos, aunque sin desarrollar con suficiente profundidad el sustento técnico que las respalde. Su estrategia pareció orientarse más a la conexión emocional con determinados sectores del electorado que a la explicación detallada de la viabilidad de sus propuestas.
Hubo momentos en los que el candidato de Juntos por el Perú pareció confundir el escenario de un debate presidencial con el de un mitin partidario. Acostumbrado a la reacción inmediata de simpatizantes y seguidores, el silencio propio de un debate televisado pareció incomodarlo. Tras varias de sus intervenciones, su expresión transmitía una mezcla de desconcierto e incomodidad que terminaba por restarle eficacia a su mensaje.
No entraré en el detalle técnico de cada propuesta presentada por ambos candidatos, pues estas ya han sido ampliamente difundidas y analizadas por los medios de comunicación. Me limitaré a compartir mi percepción sobre el ejercicio político que observamos anoche.
Se suele repetir que en los debates quien gana es el electorado. Y es cierto. Sin embargo, también es verdad que siempre existe una percepción sobre quién tuvo un mejor desempeño. En esta oportunidad, considero que Keiko Fujimori superó a Roberto Sánchez. No obstante, esa impresión solo podrá validarse o descartarse cuando las urnas hablen el próximo 7 de junio.
En una campaña electoral, cada candidato busca mostrar la mejor versión de sí mismo y de su proyecto político. Lamentablemente, una vez más, el formato diseñado por el Jurado Nacional de Elecciones impidió que ambos contendores desarrollaran con amplitud sus propuestas y exhibieran plenamente su capacidad de liderazgo, argumentación y visión de país.
La buena política es pasión. Hacer política es utilizar la palabra para construir ideas, plantear soluciones y ofrecer horizontes. Un debate presidencial debería proporcionar el espacio suficiente para que esas ideas puedan desarrollarse con profundidad. La excesiva limitación de los tiempos termina afectando la esencia misma del mensaje y restringiendo la posibilidad de que los ciudadanos conozcan mejor a quienes aspiran a gobernarlos.
Esto resulta especialmente importante en una segunda vuelta electoral. Millones de ciudadanos que respaldaron a candidatos eliminados necesitan redefinir su voto entre dos opciones finalistas. Para ello requieren escuchar, observar y evaluar directamente a los postulantes, no solo por lo que dicen, sino también por cómo lo dicen, cómo reaccionan bajo presión y qué visión transmiten sobre el país.
Los electores necesitaban leer más a los candidatos, más allá de sus palabras. Sin embargo, el JNE ha insistido en un formato que limita un debate amplio y exhaustivo entre los líderes de Fuerza Popular y Juntos por el Perú. Es una tarea pendiente que debería corregirse en futuros procesos electorales.
En conclusión, este debate deja una sensación agridulce. Nos mostró momentos interesantes, algunos cruces intensos y propuestas relevantes, pero también dejó la impresión de que pudo ofrecer mucho más. Quedó la sensación de un duelo político contenido, incapaz de alcanzar toda la profundidad que el momento exigía.
Nos quedamos con las ganas de ver un verdadero intercambio de ideas y con el recuerdo de aquellos grandes debates que marcaron épocas memorables de la política peruana. Tal vez esos tiempos no vuelvan. Por ahora, esto es lo que tenemos.
Hasta la próxima semana, amigos de La Primera.